Sobre la pena capital

El debate nº 77, con Karla de Alba y Omar Sánchez Molina, presentados por Ismael Carvallo.
 

Es muy probable que no haya en nuestro presente una sola polémica que con tanta imantación ideológica radicaliza las posiciones en torno suyo como lo hace la de la pena capital (o llamada también pena de muerte). Son seguramente muchos, muchísimos los filósofos, los activistas, los juristas, los periodistas o, no se diga, los políticos, que, moviéndose siempre dentro de los límites de lo políticamente correcto, cierran filas en torno de la condena que, por ejemplo, Amnistía Internacional esgrime urbi et orbi con el propósito de llevar adelante los designios de su campaña organizada con el cometido de desactivar la pena capital ahí donde ésta exista.

Pero basta con revisar la tradición filosófica de nuestra área de difusión, es decir, la greco-helenística y romana, para advertir de inmediato que la de la muerte o la de la pena capital son ideas que en absoluto se condenen por descontado y en automático. Ni Cicerón ni Hegel ni, en nuestro tiempo, Gustavo Bueno consideran que la muerte o, en su caso, la ejecución capital, sea algo condenable o atroz, al grado de que, en el límite, puede incluso ser más condenable e indigno el hecho de que un Estado permita que en su seno cohabite un multiasesino confeso con un ciudadano de bien.

Y si de lo que se trata es de sostener la tesis de que la pena de muerte es una posición ideológica de "derecha", ¿cómo explicar entonces las condenas y ejecuciones que el Ché Guevara hizo en pleno proceso revolucionario? Y si Juárez condenó y ordenó fusilar a Maximiliano ¿fue por eso un hombre de derecha?. El planteamiento, por burdo e infantil, destila, desde nuestro punto de vista, estupidez.


Plaza de armaslas evocaciones requeridas   el debate   intervienen

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